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NOCHE TÉTRICA (o ése estúpido nombre que al final resultó apropiado)

Dándole vueltas a la tragedia del Madrid Arena y las chicas muertas. Sobre todo a las reacciones y comentarios de la peña. “Noche tétrica”, era el reclamo publicitario. Halloween. Muertos, brujas y tal. El estúpido nombre de la convocatoria resultó apropiado.

Es una triste paradoja que frivolicemos de ese modo la muerte, y cuando ésta se presenta y dice buenas noches, aquí estoy, nos sorprenda. Creo que hay un factor que suele escapar a los análisis del asunto que he visto estos días. Un detalle inadvertido, o casi.

Todos hablan de causas y de culpables y los buscan. Y con razón. Hay que exigir responsabilidades, naturalmente. Faltaría más. Más de diez mil jóvenes, recinto cerrado alcohol y complementos habituales del alcohol exigen control de riesgos más eficaz, desde luego. La desidia, la ambición por recaudar, la imprevisión, la inseguridad, la ineficacia deben ser establecidas y castigadas con extremo rigor. Quien convirtió eso en un embudo mortal debe pagar por ello. Y sus cómplices por activa o por pasiva. Cómplices privados o institucionales.

Si es imposible garantizar seguridad en macrofiesta con 10.000 personas (y creo que es imposible), que no se permitan macrofiestas. Punto. No puede ponerse en peligro a miles de jóvenes de manera tan irresponsable. Y según los indicios, repetida. Pues me temo que se repetirá.

Pero, por otra parte… También convendría que los miles de jóvenes, con sentido común, calculasen sus propios riesgos. Sus propios peligros. Tomaran precauciones. Pero ahí está uno de los principales problemas. Tan grave como los otros. Hoy nadie cree que puede morir. Y los jóvenes, menos que nadie.

Vivimos todos creyendo que esto es una película en la que los muertos se levantan al acabar. Hemos convencido a los jóvenes de que la muerte sólo es Halloween. Hasta hemos cambiado el día de Difuntos de siempre, de recordar a parientes y amigos muertos, por el frivoleo  brujeril de las pelis gringas. Hemos cambiado la memoria de la muerte por un carnaval absurdo. Y así vivimos ahora. Y así morimos ahora. En mitad del carnaval. Hoy casi nadie sabe que va a morir de verdad. Ni quiere saberlo, aunque baste con mirar alrededor. Ni entre los jóvenes, ni entre los adultos.

Y cuando el Halloween de verdad se presenta (y siempre acaba presentándose) los encuentra (nos encuentra) descuidados. Indefensos. Ya nadie educa a los chicos para que tengan presente que la muerte existe. Y la muerte suele cobrarse cara esa clase de ignorancias.

Hay otro factor que los analistas de la tragedia parecen omitir: responsabilidades, por supuesto. Culpables y demás. Pero olvidan algo. Olvidan el azar. Las reglas crueles del territorio hostil que es el mundo en que vivimos. Olvidan mencionar la desgracia, la muerte, como ingredientes normales. Como parte de la vida.

Siempre hubo desgracias. Siempre habrá tsunamis. Icebergs para los Titanics. La previsión puede atenuar eso, pero no impedirlo. El azar, la extraña lotería de la vida, a menudo señala a éste o aquél. No hay forma de eludir cuando sale tu número. Y siempre sale. Como dicen en México: cuando no te toca, ni aunque te pongas. Cuando toca, ni aunque te quites.

En países no muy lejanos, América, África, Asia, lo saben. Lo recuerdan fresco en los Balcanes, por ejemplo. O en las costas del tsunami. El mundo es un lugar peligroso. Lo fue siempre. Pero en esta estúpida sociedad cómoda del bienestar, hace tiempo que lo hemos olvidado. Nuestros abuelos lo sabían. Por eso ellos “conmemoraban” Difuntos mientras que nosotros “celebramos” Halloween.

Vivimos en lugares llamados la Vaguada, El Arroyo o El Almarjal y luego nos extraña que la riada se nos lleve las casas y las vidas. Chapoteamos en el barro, sacamos cadáveres y nos preguntamos imbécilmente. “¿Cómo ha podido ocurrir?”. Cuando la respuesta es muy simple: “Sólo es la vida, estúpidos. Con su cobrador del frac”

Me pregunto si desgracias como la del Madrid Arena sirven realmente para recordarnos eso. Y temo que no. Supongo que en pocos días lo habremos olvidado. Hasta la siguiente noche tétrica. Hasta la próxima riada. Hasta el próximo iceberg.

Arturo Pérez Reverte

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